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Back to < Oeste Written on 31-Jan-2010 by fontenlaHace cosa de un año, tal vez más, en Oeste publicamos esta foto a cuenta de un post. Es, sigue siendo aun, una vivienda tradicional de la zona sur de Lanzarote, aislada en medio de hoteles, centros comerciales y un puerto de yates. Colgado en la fachada de la casa, un cartel reza así: “Aquí había una playa.”
Ayer sábado, el diario El País, en su edición digital, publicaba una noticia de la casa en cuestión. Después de un largo proceso, un juzgado ha dictado un auto obligando a los propietarios de la vivienda a abandonarla ya que ese terreno está integrado en el proyecto de compensación de un plan de urbanización. El Pais titulaba, “Solo hay piqueta para las casas pobres”.
Cualquiera que haya estado en este lugar de Lanzarote, Playa Blanca, en los últimos años y haya visto la situación en la que se encontraba esta casa, una especie de El Alamo rodeado por todas partes de toda la potencia de la industria turística hecha cemento, cualquiera que hubiera leído los carteles que colgaban de su fachada, o que ahora vea el titular del diario el País, tendrá, de forma inevitable, que tomar partido por el más débil, por los dueños de la casa, aplastados literalmente por una industria, la turística, que ha cambiado, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX, la situación de las Islas Canarias; de su geografía y también de su economía.
No conozco este proceso judicial, ni tampoco el plan urbanístico que llevó al proyecto de compensación que finalmente obliga a esta gente a abandonar su vivienda. Lo que sí sé es que para que se haya llegado a esta situación, fue necesario que un gobierno local, elegido por los vecinos, aprobase el planeamiento de la zona, y también que los dueños de muchos de los terrenos que ahora rodean esta casa, decidieran venderlos y cambiar su modo de vida por un buen montón de dinero que garantizara su futuro. Una situación idéntica a la que se ha producido durante años en la costa mediterránea, y también aquí, en Galicia.
El turismo supone muchas cosas. Muchas buenas. Ingresos, negocios, trabajo, mejoras objetivas en el nivel de vida, infraestructuras.. Pero también conlleva otras no tan buenas. Nadie quiere tener en la puerta de su casa un hotel en el que durante cincuenta semanas al año se alojan excursiones de adolescentes escandinavos, o belgas, o españoles, pero nadie quiere tampoco permanecer en el paro durante meses interminables, o más aun, y que las únicas ofertas de empleo que encuentre en los periódicos sean para ejercer de puta.
En España todo el mundo está a favor de la reinserción de los presos, pero cualquier ayuntamiento se levanta en armas si acaso se anuncia la construcción de una cárcel en su territorio, o de un centro de rehabilitación de toxicómanos. Sin embargo, casi nadie se opondría a que levantaran en su vecindad la casa-plató de Gran Hermano. Nadie quiere pagar más por la energía eléctrica, pero nadie quiere tampoco una central nuclear cerca del lugar en el que vive, todos preferimos que unos alegres y ecológicos molinillos, o unas estéticas placas solares generen la electricidad que consumimos, aunque no queramos saber que cuesta diez veces más que la de cualquier otra fuente. Nadie, si pudiera elegir, desearía ni el mínimo nivel de contaminación, de residuos, de ruido, cerca de su hogar, pero nadie debería querer tampoco la miseria o el desempleo endémico en su pueblo, o en su ciudad.
Cada decisión tiene sus consecuencias, esta es una obviedad que no merecería ni ser repetida. Construir una piscifactoría en Touriñán tiene sus contras, pero también sus pros. Lo mismo sucede con un cementerio nuclear, o si dedicamos nuestras costas al turismo, o si decidimos dar una segunda oportunidad a todas las personas que se equivocaron una vez y terminaron encerrados. Nadie quiere trabajar hasta los sesenta y siete años, pero nadie quiere quedarse sin pensión. Somos responsables de esas decisiones, no sólo las sufrimos o nos beneficiamos de ellas, también las tomamos.
Cuando las cosas iban bien y el futuro era prometedor y brillante, los vecinos de Lanzarote tomaron una decisión, sus políticos, a los que ellos habían votado, tomaron esa decisión y sin duda se equivocaron. Pudiendo elegir, pudiendo medir y graduar el impacto de la industria turística en su isla, equilibrar beneficios y costes, decidieron sobreexplotar muchas áreas de la costa y ahora en más de un lugar de la isla se podría colgar un cartel que diga “Aquí había una playa”.
Hoy las cosas no están tan bien como entonces, y tardaran, quién sabe cuánto, en volver a estarlo, y muchas de las decisiones que debamos tomar estarán condicionadas por las necesidades de muchas personas que no pueden permitirse ya el lujo de elegir. La información, la ausencia de prejuicios ideológicos, y la responsabilidad individual son la única forma de garantizar que aquí, en el Oeste, como en muchas otras partes, no tengamos que colgar durante años carteles que digan, “Aquí había una playa”, “Aquí vivían personas” o “Aquí había trabajo”.
written on 01-Feb-2010
pilar says:
enhorabuena por el texto, muy acertado, felicidades!
written on 02-Feb-2010
Perry says:
Por lo visto en http://www.contraola.com http://www.costasurf.com y http://diariodeunchurfer.blogia.com en Salinas también "Había una Playa"
written on 02-Feb-2010
edur says:
lo de salinas es realmente triste, una pena