VERSIÓN A VERSIÓN B
La primera vez que Bernardo Gómez vio amanecer fue en Tordesillas, hace veintidós años. El tenía veinte y había ido con tres amigos a pasar dos días de fiesta a la casa de los abuelos de uno de ellos. El Renault 14 que conducían los dejo tirados en mitad de la carretera nacional 601cuando regresaban a Madrid, recién terminada la última noche de juerga, y con un pedo del quince. Sin fuerzas, ni ganas, de volver caminando al pueblo, ni de ir en busca de ayuda, empujaron el coche hasta la cuneta, y después, los cuatro se tiraron en un campo de remolachas a esperar a que se les pasara la moña. Allí, acostado en aquel sembrado, en pleno mes de julio, Bernardo vio, por primera vez, salir el sol. Se juro a sí mismo que no olvidaría aquel espectáculo, y también se juró que su vida no sería una mierda; pero lo olvidó.
La segunda vez que Bernardo vio amanecer también fue en Tordesillas, anteayer. Había convencido a su mujer de que era mejor volver de noche a Madrid, para evitar atascos, le dijo, aunque en realidad lo había hecho con la esperanza de que, así, sus dos niños fueran durmiendo todo el viaje, con la boca cerrada. Así que aprovecharon hasta la última tarde de vacaciones en el adosado de San Vicente do Mar, y después de meter todos los bártulos en el coche en el mismo orden en que los habían sacado el día de su llegada, se pusieron en marcha.
Y todo fue bien hasta Tordesillas. Los niños dormían, su mujer dormía, y Bernardo pisaba el acelerador del Toledo, con las ventanillas abiertas, imaginando que conducía hacia cualquier otra parte que no fuera su casa. Pero a un kilómetro de la ciudad, Bernardo vio luces en la autovía, muchas luces, y supo inmediatamente que la idea del paseíto nocturno se había jodido. Un camión cargado de cerdos y un autobús de turistas suizos se habían dado un leñazo, la carretera estaba cortada y tardarían varias horas en limpiar todo aquello y en retirar de la carretera los cadáveres de los cerdos y de los suizos. Así que allí, a las afueras de Tordesillas, Bernardo volvió a ver amanecer.
A las ocho de la mañana, el camino quedó libre. A las nueve, Bernardo y su familia se detuvieron en un área de servicio para desayunar. El primer bocado de un donuts derretido por el calor de Castilla, a Bernardo le supo salado. Ni siquiera se había duchado después del último baño en el mar, tenía aun salitre en la boca, salitre en Castilla. Pensó en las tardes en el jardín del adosado, en los paseos por la arena, en las clases de surf a las que había ido con su mujer, en la forma del cuerpo de ella bajo el neopreno, y en el hotel pequeño que se alquilaba al final de la playa y que le hubiera gustado alquilar para poder mandar a la mierda a Leganés, al BBVA y a las tardes de Domingo en el Madrid Xanadú. Hasta había apuntado el número de teléfono, aunque no se había atrevido a llamar.
El segundo bocado del donuts también le supo salado, y el tercero, y el cuarto. El cerebro de Bernardo se aceleraba. No quería volver a casa y aquel donuts era la señal que esperaba para no hacerlo. Cerró los ojos y pensó en el campo de remolachas, en Tordesillas, en el mar, en la sal, mientras hacía cuentas a toda velocidad sobre su hipoteca, el finiquito, el paro, el coche…
Sin batería en el móvil, Bernardo se levantó y se fue directo al teléfono del bar, “junto a la puerta del baño, caballero”. Marcó el teléfono del alquiler del hotel. La conversación fue larga, casi un cuarto de hora. Mientras hablaba, su mujer lo miraba aturdida desde la mesa; el dueño del bar, que esperaba para hacer una llamada, lo miraba con odio desde detrás de la barra.
Bernardo terminó de hablar, se acerco a su mujer, le dio un beso, cogió a sus hijos y los cuatro se subieron al coche. Salieron a la vía de servicio, cruzaron la autovía por un túnel, y se marcharon por donde había venido, camino de la costa.
Dos minutos más tarde de que Bernardo y su familia hubieran salido del bar, el dueño, cagándose en todo lo que se meneaba, se acercó al teléfono con una agenda del año 93. Buscó un número, lo marcó, y a gritos, preguntó a su interlocutor, porque cojones los donuts que le habían dejado esa mañana tenían sabor salado.
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